Finaliza el taller de Yoga después de tres años

Durante tres años, hasta el 15 de junio de 2025, las clases de yoga en el espacio social de La Villana de Vallekas fueron mucho más que estiramientos, respiraciones y saludos al sol.

Nacieron de una inquietud colectiva, de ese impulso tan vallekano de juntarse para crear alternativas propias cuando el sistema solo ofrece puertas cerradas. Fue un pequeño grupo de personas quienes, con ganas de abrir un espacio de cuidado y encuentro, empezaron a soñar con un grupo de yoga abierto para el barrio. Y ese sueño cobró cuerpo gracias al ofrecimiento voluntario de un compa de La Villana, Manu Pérez que puso su tiempo, sus conocimientos y su corazón al servicio de todas.

No fue un camino fácil. Hubo momentos de subsistencia, de tirar con lo que había, de traer esterillas prestadas o improvisar material como se podía. Pero, paso a paso, con esa constancia que solo nace de la ilusión colectiva, fuimos reuniendo lo necesario y creando una pequeña comunidad alrededor de las sesiones de los martes. Entre saludos al sol y respiraciones profundas, empezaron a aparecer vínculos, complicidades, ganas de volver semana tras semana.

Porque aquel ratito de yoga no era solo ejercicio: era un refugio, un espacio de cuidado mutuo y resistencia cotidiana. Con estas clases vivimos también el cambio de local: un traslado que podría haber debilitado el proyecto, pero que, al contrario, lo vio crecer. Aumentó la gente, se amplió el círculo, y el yoga se acercó a personas que quizá nunca se hubieran planteado practicarlo, en parte porque aquí nunca fue cuestión de dinero.

Nuestras puertas siempre estuvieron abiertas, independientemente de la capacidad económica de cada quien. Eso también es hacer barrio. Tras tres años de caminar juntas, el proyecto tuvo que pausarse—quizá incluso terminar—por cuestiones personales del profesor. Fue un cierre que dolió, pero que también nos dejó una certeza: lo construido no desaparece.

La comunidad creada, el aprendizaje compartido, la experiencia de sostenernos colectivamente, todo eso sigue latiendo en quienes formamos parte del proceso. Y quién sabe… quizá más adelante ese yoga comunitario vuelva a desplegar esterillas en La Villana. Tal vez podamos retomar el proyecto y seguir cultivando otra manera de estar en el mundo, más lenta, más consciente, más colectiva. Porque frente al ritmo impuesto por el sistema, siempre nos quedará la posibilidad de construir nuestras propias formas de vivir, respirar y resistir juntas.

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